Broma. Prejuicio. Mentira. Crítica de Alabanza, Alberto Olmos

Publicado: Domingo, 27 Abril 2014 20:58
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Alberto Olmos es literario. El escritor actual más literario. El peor enfermo del mal de Montano: su vida se crea al mismo instante que sus creaciones. Barras paralelas: escribir, vivir. Sin escribir tiene miedo de ser nadie, de ser pueblo, de no follar, que es el morir. No follar, sufridlo.

Una noche de cervezas hablaba de AC/DC con un tipo. Genial. Sorprendente. Sabio. Su conclusión final (estábamos de acuerdo en todo) fue joder, es que… AC/DC son de pueblo. Yo no lo entendí. Maticé: bueno, no sé si yo definiría así a AC/DC… El tipo, inmediatamente, reconoció mi prejuicio, el resquemor, la superioridad urbanita. Oye -serio como un toro-. Que yo soy de pueblo.

Ser de pueblo: directo, acrónico, sin doblez, a saco.

Uno tiene la sensación, tras leer Alabanza, de que Alberto Olmos ha regresado al pueblo para confesarse y curar heridas. Un poco a la manera de Almodóvar en La Flor de mi Secreto: Cuando a las mujeres nos deja el marido, porque se ha muerto, o se ha ido con otra -que para el caso, es igual-, debemos volver al lugar donde nacimos. Visitar la ermita del santo; tomar el fresco con las vecinas, rezar las novenas con ellas; aunque no seas creyente. Porque si no, nos perdemos por ahí como vacas sin cencerro.

En Alabanza, Alberto Olmos parece claudicar de muchos de los axiomas literarios que ha venido defendiendo a dentelladas en la red: su desprecio a la trama, al género negro, furibundo contra los clichés, contra la frase hecha, contra la descripción minuciosa; su taparse la nariz ante lo rural, el caz, la boñiga. Está en modo redención.

Alabanza es un novelón, en medida y calidad: Alberto Olmos no ha escrito hasta ahora un mal libro. Aún. Hoy. Ocho. Ya.

Ha estructurado su Alabanza en metraje clásico: Broma, Prejuicio y Mentira.

Es Broma el planteamiento: un escritor, Sebastian, que ha perdido el cencerro por un exitazo comercial que lo ha hecho tan rico en forma como pobre en autoestima. Con su novia, Claudia, viaja a un pueblo telúricamente mesetario. Ambos parecen de acuerdo en que ese retiro rural será un viaje iniciático tan enriquecedor como una inmersión en El Ganges. Sebastian, el escritor, vive atormentado porque siendo un escritor de Alta Literatura (sic) su éxito de ventas lo ha producido un libro comercial, El mapa del misterio o El misterio del mapa, ni él mismo recuerda el título. En este Broma/planteamiento alterna a los dos personajes centrales de la novela. 40.000 palabras dura este primer canto: preciso, deslumbrante como un almirez de bronce… para perpretar en él una música maciza y amarilla, (pág. 27), un ejercicio estilístico donde el autor se desdobla en dos personajes: su mitad femenina, Claudia, firme, libre, combativa, divertida; una elefanta de paso seguro que ve mundo, que encuentra, que vive, que habla; la otra mitad en la que se desdobla Alberto Olmos es Sebastian: un Gregor Samsa encerrado en las cuatro paredes de su cerebro, cegado por la blancura solar de la pantalla del portátil, aterido ante el gélido presente del mi vida ha terminado. El escritor psicótico, inseguro. Supersticioso como un torero. Un tipo que para redimirse está escribiendo Las Amadas (Cuatro aes, Alabanza).

En el pueblo no hay internet. Esta es la primera de muchas claudicaciones que el autor se traga en este libro: no hay literatura creíble donde no se mencione en cada página google, CAMateur o facebook, así, más o menos, lleva años aleccionando. Lo entrópico es cambiar. Es esta primera parte, Broma, una voz literaria que avanza a golpes de hoz, sin respiro, un torrente verbal que alcanza momentos brillantes de ilusión artística que ningún otro arte podría lograr (magistrales esas siete páginas donde revela el contenido de la crítica literaria de la que huye). Parece más contenido que en sus otros libros, un Olmos domado, no malherido, pausado, desengañado del talento, de los fuegos artificiales del ingenio, convencido del principio monástico fe y obediencia. Un oficiante del vamos a contarlo bien. Siempre reflexivo, didáctico, inteligente. Un currante. Uno mira el reloj por primera vez y está en la página 136.

La segunda parte, Prejuicio, es un confesión de parte. Es el Nudo. Su Nudo trágico. Olmos aparta a un lado al personaje femenino para protegerlo, pero vuelve a duplicarse en un Sebastian-Miguel. Juno. Los mete 100 páginas en un confesionario con vistas al cereal. Lo hace para gritar por qué el protagonista, Sebastian, no ha dicho nunca (spoiler viene, salte hasta el punto y seguido) que era de pueblo, porque el pueblo donde ha ido a retirarse es su pueblo, algo que Claudia ignora. Sebastian dedica cien páginas a meterle el bajo a un prejuicio: por qué en estas últimas cuatro décadas de España (Transición, Café para todos, Burbuja y Depresión postsecesionista), ha habido que ocultar tus orígenes rurales, más aún si tu intención era codearte con la Stasi Cultural de la Corte, la izquierda literaria, el Darth Vader que podía fulminarte con su pistola láser (Gistau) de fascista, rico o, en el caso de Sebastian, demasiado nativo para resultar verosímil. Es Prejuicio un Nudo sin nudo, páginas llenas de pasado y enumeraciones, un Yo hice la EGB de 30.000 palabras, de hostia pegada al paladar y tiza en los dedos, de tetas blancas y pajas en la bañera, de vaquillas y limonada, de planchar casullas, escribir en esparadrapo, compañero de pupitre y sangre en las piedras. Alberto Olmos regresando al pueblo para recuperar el cencerro, harto y desengañado de los Señoritos de la Cultura, de haber seguido el juego al prejuicio urbano, de seguir ocultando, de seguir fingiendo. Sebastian/Olmos no baja la cabeza ante la Intelligentsia cultural de este país sin inteligencia, que en realidad desprecian la literatura por incapacidad, un país carne de psiquiatra donde en realidad nadie forma parte de nada. Vacío. Erial. Rastrojal: la Mentira cultural que nos contará en la tercera parte. Puede que para mucha gente esto no le diga nada, -ha dicho Olmos refiriéndose a este nudo central de su Alabanza-, pero a mí me dice mucho. Olmos ha escrito esas cien páginas para él, porque creo que si las hubiera medido con la vara comercial hubiera pulsado borrar, (Quién leerá, pág. 193) pero ha preferido mirar atrás y dar una oportunidad de verdad literaria al recuerdo, tan incierto como la ficción, pero quizá convencido de que para tomar aliento en su crónico mal de Montano debía cerrar esa herida. Es este Prejuicio/nudo un libro de alabanza al pasado, de la infancia como cencerro, de alabanza al caprichoso origen de la literatura, tanto como oficio como pasión. Cien páginas áridas pero necesarias, masculinas, un constante tirar del hilo de su memoria.

Y con dos cojones titula la tercera parte Mentira. Y es aquí donde encontramos al Olmos que mejor reconocemos quienes seguimos sus avatares en la red. La lectura se hace más liviana al recuperar la pulsión femenina de Claudia, su hombro donde Sebastian (sí, sin tilde) apoya, a veces, sin cariño, la cabeza. Es un final vertiginoso donde describe con una prosa digna del mejor Cela la miseria cultural española, el fingimiento, el amiguismo, la pose, la escayola. De las gafas de pasta y del todo por la pasta. Ese mantra comunista el dinero es la perdición, porque el éxito ha de cobrarse en aplausos y palmadas en la espalda. El Sebastian del que Olmos se sirve en este Alabanza es un escritor que cree con el alma y las tripas en la literatura, que la siente dentro porque la digiere, que la sufre, que mira a los Faulkner, a los Bernhard o a los David Markson como a iguales, como a hermanos, pero al que los furhers culturales le han despertado del espejismo con su trueno de Dios: No eres de los nuestros. Sebastian nunca se ha sentido cómodo. No sabe de trincheras. Se arrepiente de haberse dejado acariciar el lomo. Se sabe un maverick que galopa en solitario, que defiende ser acreedor legítimo de los abrevaderos, no por herencia cultural ni adscripción política, sino que los reclama por el puro talento que atesora, por su facilidad para el verbo, por su constancia, su crear rítmico. Es esta tercera parte, el desenlace, Mentira, un mirar atrás sin rencor pero con frialdad. Una descripción cirujana de cómo ha sido el negocio editorial de este país: un putrefacto corral de intereses y egos, del quítate tú, o del que no, que yo no me quito. Un -como me dijo una vez Alejandro Cuevas-, ladrar hasta donde alcanza la cadena de perro a la que te has atado: concejalía, editorial o columna de semanario cultural (el crítico Alamañac/alimaña). Son cien páginas últimas que sirven de colofón, que apuntan certeras al Mal, párrafos que gritan Sálvame. Últimas páginas, al acelerón, que resuelven una trama paleonegra tan simple como predecible (su Mapa del misterio o Misterio del mapa). Son, en realidad, las páginas de Mentira donde reconocemos al Olmos combativo, el escritor valiente que siempre tiene una premisa adversativa con la que aupar sus libros, un axioma cultural o social que poner en duda: sea el talento de los demás, sea la crítica de la falsa solidaridad o, como en este caso, la falsedad del mundo literario, destapar su fingimiento masivo, sus trucos contables y estéticos, algo que está terminando por matarlo.

He leído que éste es un libro sobre la ficcionalidad de los sentimientos: antirromántico. Para mí es una alabanza de amor por la literatura.

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