Pánico escénico de un escritor en una sesión de DJ´s

 

Riesgos de la literatura en vivo

A la una de la mañana se me agotaron los recursos y las ideas. La mente en negro. A mi espalda tenía a una parte del público que intentaban averiguar qué coño había en mi pantalla de ordenador, qué era lo que estaba escribiendo. En la mesa laboratorio estábamos seis artistas: Héctor de la Puente (Video jockey), Atila y su iluminación, las PINAPARDO (creación virtual), Alberto y sus videojuegos y los dee jays (De Rivera, Ismael Rivas, Marcos in Dub y Edu Savanah). ¿Por qué no escribe? Creía oír a mi espalda. Llevaba cuatro horas de pie, escribiendo frases que sabía estaban llamando la atención del público, me daba cuenta de que las señalaban en la pantalla, que las fotografiaban: Bailar cura. Tu placer es irreversible. El baile es el camino más corto entre dos cuerpos… Bailamos como follamos. Escribir literatura en directo en una sesión de música electrónica era algo nuevo. Lo estaba haciendo bien, lo estaba pasando bien, pero justo en la cuarta hora mi mente sufrió un apagón.

Esperé. Pero no se me ocurría nada. Lo único que supe hacer fue esconderme bajo la capucha y cubrirme el rostro con las manos. No se me ocurría nada, no veía nada. Buscaba en la negrura, en mi interior. Improvisación literaria, ése era el riesgo. Había gastado mis 79 cartuchos. Había calculado dos horas de sesión y llevaba cuatro. Óscar de Rivera estaba disfrutando de su música. Puro amor. Muy suave hacia muy potente. Yo estaba frente a él y no podía ni mirarle. Avergonzado. Abrí el otro ordenador. Busqué en mis carpetas. Lo que fuera, algo que me inspirara. Los demás artistas llevaban en sus ordenadores toneladas de material para mezclar: videos, fotos, series, videojuegos. Yo había escrito hacía una hora: cerebros contra máquinas (lo que quería expresar, muy chulito, era mi cerebro contra esas máquinas). Pero mi cerebro estaba seco. No había una palabra a la que asirme. Me entró el pánico.

Como escritor, la sesión de anoche en MEET, en el LAVA, ha sido una de las cosas más emocionantes que he hecho en mi vida. Pura y dura literatura en directo. Adrenalina clase A. Llevaba mis recursos, por supuesto. No vas a ser tan engreído de ir a un trabajo como éste con tu cerebro bajo el brazo a improvisar durante cuatro horas. Llevaba preparado un poco de todo: hedonismo, individualismo, baile, sexo, mucho placer… Había culminado mi sesión con una frase que me había encantado: Si me dieran otra vida, repetiría lo contrario. Ahí creí alcanzar un cenit de belleza (creo que estaba pinchando Marcos in Dub). Pero vuelvo a la imagen de ese escritor encapuchado con la cara oculta entre las manos. Perdido. Acojonado. Avergonzado.

Tenía ganas de llorar, pero de la más profunda oscuridad me llegó el principio de una frase: El Miedo es una puerta de cristal. La escribí temblando. No sabía qué iba a hacer con esa frase. No sabía cómo rematarla. Pero en seguida llegó la segunda parte: La patada es el olvido. Mi pánico escénico estalló en añicos. Todo se tranquilizó. Mi mente olvidó y llegó la calma. Y pude seguir escribiendo.

Cuando a las dos y cuarto de la mañana abandonaba la sala había tres periodistas gráficos en la barra. Uno me señaló con una sonrisa: lo tuyo es lo que más me ha gustado de toda la sesión, tío. Me has tenido atrapado. Salí reconfortado. Me subí a un taxi, resoplé y por fin pude dejar la mente en blanco…

Ángel Vallecillo